domingo, 20 de septiembre de 2026

De Barranquilla a Macondo: cómo Shakira se fabricó una identidad global

 Grandes Artistas

Una mujer canta y baila rodeada de bailarines en medio de un estadio.
Shakira actúa en la final del Mundial 2026. A.RICARDO / Shutterstock.com
Lourdes Moreno Cazalla, Universidad Nebrija

Durante septiembre y octubre, Macondo, el ficticio hogar de la familia Buendía en Cien años de soledad, tiene código postal y es madrileño. En Villaverde, se ha creado un pequeño universo para doce noches de esos meses, con un estadio efímero y una artista central: Shakira. El proyecto se llama Es Latina.

La afirmación parece una obviedad: Shakira es colombiana, nacida en Barranquilla. Pero en realidad no lo es. Al llevar más de tres décadas atravesando fronteras con su música, que Shakira “sea latina” no ha significado siempre lo mismo. Su trayectoria permite observar cómo ella ha contribuido a fabricar una identidad global cuando las reglas para llegar a serlo van cambiando.

Esa es una de las cuestiones que planteo en el último informe del Observatorio Nebrija del Español. En el estudio hemos utilizado su trayectoria para observar durante más de tres décadas los cambios en las barreras de acceso a los mercados, las formas de circulación de la música y, a la vez, la manera de construir una identidad capaz de viajar entre ellos.

Cuando ser diferente obligaba a ser legible

En la industria musical de los años 90 y comienzos de los 2000, ser de otro lugar podía aportar un valor diferencial. Sin embargo, esa diferencia tenía que estar pulida y ser legible, lo que se ha llamado “la otredad domesticada”. Una discográfica, una radio, MTV o un DJ en Los Ángeles, Londres o Medellín debían reconocer rápidamente qué artista tenían delante y dónde colocarla.

Una estrella internacional tenía que resultar lo suficientemente distinta para llamar la atención y lo suficientemente familiar para poder ser clasificada, y el idioma también formaba parte de esa negociación. El vídeo y la imagen ayudaban a resolver parte del problema al funcionar como una especie de jeroglífico cultural.

Shakira lo descubrió pronto y buscó los códigos: el pelo claro, las caderas, el baile, el ritmo, el Caribe, la imagen de una diosa… signos de un lenguaje expresivo más allá del idioma capaz de comunicar una procedencia incluso a quien apenas conoce nada de ese lugar, probablemente porque ese lugar es un universo creado.

Para el año 2000, Shakira ya había publicado en español varios álbumes de estudio y un disco en directo. Sin embargo, ninguna canción de esa etapa entraría en el Billboard Hot 100, la lista más importante a nivel mundial para determinar el éxito de un single; su primera aparición llegaría en 2001, con “Whenever, Wherever”. En ese momento empezó a vender discos en Estados Unidos, todavía sin ocupar el escaparate central del pop.

Para eso surge el crossover, una fórmula lingüística. Por ejemplo, la de una cantante colombiana que graba su música en inglés para conquistar el mercado anglosajón. Visto desde 2026, el movimiento de Shakira resulta mucho más sofisticado.

El inglés fue un pasaporte pero, una vez atravesada la frontera, con todo su lenguaje expresivo e identitario, su equipaje solo empezaría a crecer. Shakira fue yuxtaponiendo capas: el español e inglés; el pop, el rock y los ritmos latinoamericanos; colaboraciones anglosajonas e hispanas; referencias colombianas y códigos del pop internacional. Este proceso implicó una construcción cultural de la identidad latina orientada hacerla reconocible y comercializable como un mercado relativamente homogéneo. Lo que inicialmente parecía una adaptación al canon, terminaría funcionando también en sentido contrario.

El crossover ha sido, a largo plazo, una especie de caballo de Troya. Una vez legitimada dentro del pop global, se construye una “audiotopía latina”, unos espacios virtuales y sonoros creados por la música donde los oyentes pueden reimaginar el mundo social y convivir con diferencias culturales.

Shakira ha logrado que su identidad no sea vista solo como folclore local caribeño o asiático, sino como una fuerza capaz de remapear los límites de la ciudadanía contemporánea y un imaginario latino a escala mundial. Incluso cuando en un estadio en Nueva York está interpretando en inglés, la imagen que proyecta es latina.

Shakira interpretando la canción del Mundial 2026, ‘Dai Dai’, en un concierto en Brooklyn, Nueva York.

Cuando ser local ya no impide ser global

Las plataformas digitales cambiaron de nuevo las reglas. Spotify, YouTube o TikTok no acabaron con los intermediarios porque las playlists siguen clasificando y la curaduría de las grandes plataformas continúa decidiendo qué canciones reciben atención. Ahora públicos dispersos geográficamente pueden reunirse alrededor de una propuesta muy específica sin que esta tenga que hacerse comprensible.

Así, la música de Shakira y su identidad forman parte de listas relacionadas con temas latinos o géneros como el reguetón, pero también aparecen en las principales clasificaciones globales de países en los que no se habla español, desde Alemania a Bangladesh.

En el aspecto visual, su domino es sobresaliente. En YouTube, de hecho, con 34 701,7 millones de visualizaciones, es la tercera artista con más reproducciones de la plataforma, por detrás de Bad Bunny y BTS y por delante de la mismísima Taylor Swift.

Las colaboraciones también muestran bien este alcance global. Alejandro Sanz, Karol G o Fuerza Regida no aportan únicamente audiencia a una canción. Conectan escenas, géneros, territorios y comunidades distintas. La identidad deja de funcionar solamente como una etiqueta –latina, anglosajona, colombiana– y se comporta como una red.

En 2023, el éxito de la sesión de Shakira con Bizarrap sirvió para pulverizar la vieja idea del crossover. Una artista colombiana y un productor argentino convirtieron una canción en español en un acontecimiento mundial sin producir ninguna versión. Lo local y lo global ya no funcionan necesariamente como extremos opuestos.

Vídeo de la sesión de Shakira con Bizarrap.

Macondo es un espejo

Por eso la residencia madrileña resulta interesante más allá de sus cifras. Treinta años atrás, unas cuantas imágenes debían bastar para que un espectador situado a miles de kilómetros entendiera de dónde venía Shakira. En 2026 sucede casi lo contrario, la artista puede construir un espacio entero alrededor de ese lugar de procedencia imaginario y convertirlo en destino. Macondo, escribía la propia artista en El País, “no es un pueblo, es un espejo” y ella es el reflejo de ser latina.

Se trata de la primera residencia artística de formato internacional en España, al estilo de las residencias de Las Vegas o de la de Adele en Múnich, pero con un estadio temporal. Ahí está quizá la transformación más interesante de su identidad global. Durante buena parte de su carrera, Shakira tuvo que asimilar cuánta diferencia podía transportar consigo para atravesar cada frontera. Ahora puede construir todo un universo con esa diferencia.

En este sentido, la transformación más significativa de Shakira no consiste únicamente en haber conseguido llevar el español a espacios cada vez más amplios, sino en haber llegado a una posición en la que ya no necesita abandonar ese lugar de origen para ocupar el centro del escenario global. La artista que comenzó atravesando fronteras termina convirtiéndose, ella misma, en un territorio de encuentro.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.The Conversation


Lourdes Moreno Cazalla, Doctora en Comunicación. Autora del estudio para el Observatorio Nebrija del Español "El boom de la música urbana latina y la expansión del español a nivel global", Universidad Nebrija

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

lunes, 9 de febrero de 2026

Bad Bunny: el rey del simbolismo político

 Super Bowl


Sutil pero contundente. En el Super Bowl Benito mandó varios mensajes políticos que tal vez se te escaparon. Aquí los desmenuzo.

Por Rodrigo Balvanera

El espectáculo de medio tiempo de Bad Bunny fue una clase maestra de cómo el simbolismo bien usado puede ser más poderoso que cualquier discurso político.

Benito no salió a esputar insultos contra Trump. Tampoco mencionó a ICE, como sí lo hizo en los Grammy. Pero no fue por tibio. Fue un cálculo político. Cuando la resistencia vuela por debajo del radar, es mucho más difícil de detectar, y por lo tanto de censurar.

Y por eso Bad Bunny construyó su mensaje símbolo por símbolo.

Para empezar su show empezó con la frase: “qué rico es ser latino”.

Una afirmación política en un contexto donde ser latino en Estados Unidos se ha convertido en una categoría sospechosa. Donde ICE te puede parar en la calle por tu color de piel. Arrancar así el show significa disputar el punto de partida emocional. Bad Bunny grita que no tenemos vergüenza, tenemos orgullo.

El campo en Puerto Rico lleno de trabajadores no era solo el paisaje o la escenografía. Era una alusión directa a los cientos de miles de trabajadores latinos y migrantes que trabajan en el campo en Estados Unidos… El mensaje es poderoso: mientras el discurso político criminaliza a los migrantes, el país se alimenta literal y materialmente de su trabajo.

Luego aparecen los puestos en medio del campo con trabajadores migrantes. Puestos de cocos fríos, de uñas; mujeres en la construcción, viejos vendiendo piraguas; un puesto de tacos; dos boxeadores, uno de Puerto Rico, el otro de México; un puesto de compra de oro y plata. No eran folclor ni adornos del show. Era la representación de la economía informal, del autoempleo, de oficios, del trabajo cotidiano. Es una respuesta visual al estereotipo dominante: frente a la narrativa que una al migrante con el crimen, Bad Bunny propone una narrativa de trabajo digno y de vida productiva. Millones de migrantes se ganan la vida así en Estados Unidos.

Luego vienen los detalles que pueden parecer banales pero no lo son:

El pastel de bodas, el niño dormido en las sillas de la fiesta.

Estos gestos son profundamente políticos porque muestran la normalidad de la vida latina. Es la humanización de una comunidad que es catalogada como animal desde el poder.

Después aparece un estadounidense blanco casándose con una latina. E inmediatamente entra Lady Gaga. No como simple colaboración musical, sino como símbolo de una sociedad ya mezclada. El mensaje es directo: la integración en Estados Unidos ya ocurrió. Y aunque el discurso proveniente de la Casa Blanca intente promulgar una idea racial del país que ya no existe, Lady Gaga canta sus canciones al ritmo de la salsa. Los latinos se casan con los blancos, y los blancos con los negros, y los negros con los latinos. Una mezcla festiva de culturas. Eso es Estados Unidos.

Después Bad Bunny, al son de Baile inolvidable manda un mensaje directo a una comunidad que vive hoy con miedo: “baila sin miedo, ama sin miedo”.

No fue una frase romántica. En un contexto de detenciones inhumanas y deportaciones masivas, bailar y amar sin miedo se convierte en una forma mínima de desobediencia emocional. Y desde ahí, desde el baile, también puede nacer la resistencia política.

Luego Ricky Martin irrumpe con una línea clave: “no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”. De la canción Lo que le pasó a Hawái.

En una sola frase aparece la historia colonial de Estados Unidos, la pérdida de soberanía de Puerto Rico y la advertencia de que el despojo no es un accidente, es un proceso político.

Luego Benito entrega el Grammy a un niño que está viendo en la tele cómo recibe el Grammy el mismo Bad Bunny. Esto es una genialidad, porque en 5 segundos encapsula a la perfección la importancia de la representación étnica. ¿Cuántos niños latinos no van a soñar hoy con tocar en el Super Bowl gracias a que Bad Bunny ya lo hizo?

Ya para acabar le dice al estadio completo: “God Bless America”... pero por América no se refiere a Estados Unidos, sino que menciona a Argentina, Chile, Uruguay… al continente entero, de sur a norte. Lo que no se nombra no existe. Y hay que nombrar muy clarito que América es un continente, no un país.

Y Mientras hace eso, en la pantalla del estadio aparece esta frase: lo único más poderoso que el odio es el amor.

Acaba por todo lo alto Bad Bunny, en lugar de responder políticamente con odio y fricción, lo hace con amor. Y por eso es mucho más poderoso.

Y ya para rematar, enseña un balón de americano que dice Together, We Are America. Y grita “seguimos aquí”. Un seguimos aquí que no es de victoria, pero sí es de permanencia y resistencia política.

Lo dicho, Bad Bunny pudo haber nombrado a Trump. Pudo haber mencionado a ICE. Y eso seguro habría generado titulares.

Pero eligió algo más difícil de neutralizar desde el poder: reescribir, símbolo por símbolo, quiénes son los latinos en Estados Unidos y qué lugar ocupan en su vida social.

La historia lo muestra con claridad: los símbolos no cambian gobiernos. Cambian primero el sentido común. Y cuando el sentido común cambia, el poder empieza a perder terreno mucho antes de que se cambie una sola ley.

Larga vida a Benito.

 

El artículo original se puede leer en BalbaNews/Substack



viernes, 6 de febrero de 2026

Bruce Springsteen: Streets of Minnealopis. ICE OUT

 ICE OUT


Desde que Bruce Springsteen compuso ‘Born in the U.S.A.’, canción con que le convirtió en una superestrella, hasta la mas reciente "Streets of Minneapolis", Bruce ha  escrito sobre Estados Unidos durante cincuenta años, contándonos las luces y las sombras de su país.

Su cancion mas reciente nos retrata la barbarie que por mandato de Trump el ICE está sesatando sobre una ciudad de tamaño medio,  conocida como la "Ciudad de los Lagos", capital del Estado de Minnesota, destacando como centro económico, de negocios y musical (cuna de Prince), con un fuerte enfoque en actividades al aire libre y diseño urbano.

la situación entre el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y la ciudad de Minneapolis ha alcanzado un punto de tensión críticodebido a la ejecución de la Operación Metro Surge, descrita como una de las mayores acciones de aplicación de la ley de inmigración en la historia de EE. UU.

Recientemente, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) informó que, hasta principios de febrero, se han realizado más de 4,000 arrestos en Minnesota como parte de esta operación, enfocándose en individuos con antecedentes penales y casos de fraude migratorio bajo la Operación PARRIS.

Este ataque contra los derechos de los habitantes de Minneapolis, la violencia con la que se practican las detenciones, y la fata de respeto por la vida de agentes que han llegado a asesinar sin provocación previa a inmigrantes que simplemente estaban protestando pacíficamente, ha desatado la ira y la inspiración de Bruce Springsteen que compuso y grabó esta increible y maravillosa canción que merece la pena escuchar (nótese la rabia con que la canta), y que deseo resuene en el cráneo de los MAGA y particularmente en el de Trump hasta el día en que reviente.