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jueves, 29 de julio de 2021

Joan Margarit y la música del cielo

Joan Margarit (1938 - 20219). Carlos A Schwartz
Juan José Pastor Comín, Universidad de Castilla-La Mancha

En el año 2019 el jurado del Premio Cervantes concedía a Joan Margarit (1938-2021) el mayor reconocimiento en lengua española por “su obra poética de honda trascendencia y lúcido lenguaje innovador”, y por saber representar “la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal de gran maestría”.

Olvidó decir el jurado que entre sus poemas circulaba un lenguaje aún más universal y al que destinó todo el amor transparente de su escritura: la música. Al conocer su partida, proponemos escuchar con Margarit las canciones y armonías que iluminaron sus versos.

Joan Margarit y la música de Jazz

Su primer libro, Cantos para la coral de un hombre solo (1963), ya presentaba a través de la paradoja el carácter reflexivo de sus composiciones. Para el poeta catalán la poesía, como la música, ayudaba a restaurar un orden perdido.

“El lector de poesía "tiene mas que ver […] con el intérprete que con los que se han de limitar a escuchar un concierto”.

(Edad Roja, 1989).

Como escritor siempre estuvo acompañado por los discos de su adolescencia y primera juventud:

“Los saxos de Lester Young, de Ben Webster, de Johny Hodges, de Coleman Hawkins, de Charlie Parker; las voces de Billie Holiday, de Yves Montand, de Edith Piaf, de Léo Ferré, de Jacques Brel, de Georges Brassens. Todos ellos están muertos”.

(Aguafuertes, 1995).

Su poema “Los discos y la muerte” ya unía los cabos de la juventud con el destino final del hombre:

Descubría otra música, más solo ya que nunca.

De pronto están sonando las canciones:

son las voces, que vuelven, de los viejos amigos,

de los amores de mi juventud.

El primer signo de algo irremediable.

Son canciones que escucha la muerte en algún sitio.

(Aguafuertes, 1995)

Edith Piaf, Jacques Brel y Leo Ferré.

Sus composiciones, con frecuencia, parten de su propia experiencia musical cotidiana, a menudo fraguada en los clubes nocturnos de jazz, al que su hijo Carles se ha dedicado de forma profesional. Allí se se suceden las músicas de Cole Porter, las trompetas de Chet Baker y Miles Davis; o el piano de Bud Powell y George Gershwin: “Qué triste suena Gershwin sin poder abrazarte”, (Los motivos del lobo, 1993). Es de hecho el popular tema Summertime de este último el que da nombre a un poema de su libro Misteriosamente feliz (2008), donde nos describe así la vida:

Han pasado muchos años

y, mientras tanto, la vida

ha sido un largo concierto

que ha dejado partituras

y atriles como alambradas,

dispersos, abandonados,

en el lugar del combate.

Entre aquellos compañeros de combate se encuentran sin duda los saxos de John Coltrane y Charlie Parker. Al primero le pregunta:

He recordado tus moradas manos

sobre el saxo con una luz de sótanos.

¿De dónde sale esta música,

el vacío que sopló tu boca

y que habla con mi soledad?

(Edad Roja, 1989).

El segundo, un Charlie Parker heroinómano y genial, protagonizará su poema “Loverman”, escuchado, en una suerte de ensoñación nocturna, por el mismo Baudelaire:

“Por ello, Parker deja en este Loverman

que el saxo nos conduzca tras la sombra

de una mujer que baila con los ojos cerrados

y abrazada a nadie, en la oscuridad”

(Los motivos del lobo, 1993).

Con todos estos grandes músicos el poeta formará su particular quinteto de jazz:

con los húmeros llenos de pinchazos,

sigo siendo el mejor entre los saxos altos.

Se parece a la vida: otra vez

llevo a Art Blakey a la batería

–voz de pozo–, la música callada

y negra de Bud Powell, el maligno

sonido de Miles Davies, tú al bajo.

Formamos el quinteto

más brillante de entre los muertos

(Aguafuertes, 1995)

La música: un consuelo para la ausencia

La música es así para Margarit “un placer maldito” (Los motivos del lobo, 1993), también ligado a la pérdida. Las ausencias de sus poemas estarán colmadas de música y, cuando no sucede así, el silencio mismo adoptará la forma de un objeto musical, tal y como acontece en No te veré más:

“Es la piel violeta de una noche

que dejamos pendiente.

Y tu silencio suena como un saxo

de oro negro en el fondo de los días sin ti. […]

No queda más que, al piano, un negro ciego:

nuestro amor”.

Por esta razón la música será la protagonista de su libro más conmovedor, Joana (2002), escrito en los últimos meses de vida de su hija. En el poema inaugural, su amigo Pere Rovira hace de ella fuente de consuelo para la más dura de las pérdidas:

“Música del amor, que te escondías

en sitios negros, dulces, como rosas del jazz,

enciende el día azul, extiéndete debajo de los pinos

y haz que brillen las flores, los muros y la tierra […]

Música santa, hazle compañía,

tú que vienes del otro mundo al nuestro,

tú que ya sabes cómo es su silencio”

(Joana, 2008).

Margarit dirigirá su oído hacia los compositores clásicos para hallar ese consuelo necesario. Escucharemos así desde Beethoven, imagen sonora de la verdadera poesía que reside en su propia escucha interior –“Hay otra poesía, la habrá siempre, / igual que hay otra música: la de Beethoven sordo. / Cuando se pierde la señal”–, a músicos contemporáneos como Miczyslaw Weinberg, Ligeti o Gubaidúlina, pasando por Tchaikovsky o Shostakovich.

Pero de entre todos ellos destacará la figura de Bach a partir de dos grandes intérpretes sin parangón. El primero de ellos fue Glenn Gould –“para el cual / Bach debió saber que componía” (Estación de Francia, 1999)–, y para quien Margarit compuso el bellísimo poema “Glenn Gould: la despedida”:

Sus manos en el espejo

del Steinway continúan

tocando y él ya no está.

Canturrea todavía

como lechuza en la noche.

Bach ya nunca será igual.

Hoy, en una limousine

con cromados de olvido,

pasa entre los bosques nevados

el ataúd de su música.

Un Steinway en la niebla

hoy suena sin su pianista:

la muerte, en el crematorio,

de pie en el césped negruzco,

de frac y con ojos turbios,

escucha las “Suites inglesas”

(Estación de Francia, 1999)

Y siempre, junto a él y su dolor, el violonchelo de Lluís Claret, a quien dedicará el poema “Lluís Claret: Tres Suites (2-IV-92) (Los motivos del lobo, 1993) desde la admiración de la sombra de Pau Casals. Será la música del cellista andorrano quien pronuncie la última despedida a Joana en el poema "Mañana de domingo con música de Lluís Claret”:

Ha salido Lluís al escenario

con el violoncelo. Le oiremos pronto

tocar el «Aria pastoral» de Bach

para decirte adiós en Montjuïc.

Para saber a dónde vas,

seguiremos el rastro de la música

(Joana, 2002)

Joan Margarit, ¿dónde te encontraremos?

Hoy el poeta descansa junto a su amada hija –“Ser su padre ha significado estar siempre junto a lo más delicado y bondadoso que puede ofrecer la vida”–. Antes de partir nos dijo bien dónde deberíamos buscarlo, al confesarnos dónde iría en su poema “Última noticia”, de Cálculo de estructuras (2006). Hoy Joan Margarit habita esa otra música del cielo:

La puerta cuarteada, vieja y sucia,

que me dispongo a abrir no dará al Paraíso.

Me inclino por la música. La prefiero a la vida.The Conversation

Juan José Pastor Comín, Profesor Titular de Universidad. Área: Música. Investigación: Relaciones entre Música y Literatura, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

domingo, 14 de marzo de 2021

Chick Corea, historia de un mito del 'Jazz'

Chick Corea Akoustic Band en el Festival de Jazz de San Javier. CC BY-NC
Jorge Marredo Rosa, Universidad Internacional de Valencia

La historia del jazz es un relato extraño en el que una mayoría silenciada, los norteamericanos afroamericanos, comienzan a gestar la llamada Música del Siglo XX, es decir la que para muchos ha sido la aportación más importante de la música popular a la música culta (si es que hoy en día tiene sentido hablar de esta distinción).

Existe cierto consenso en considerar a Buddy Holden el primer músico de jazz propiamente dicho. Pese a que no existen grabaciones de él, esa mezcla primigenia de ragtime y blues se considera el caldo el cultivo del jazz posterior. Así, en sus orígenes, el jazz era una música jovial y festiva, muy alejada de la imagen intelectual que proyecta en la actualidad.

Durante la primera mitad del siglo XX, se comienza a enriquecer con aportaciones de muy distinto tipo, ya sean armónicas, melódicas, tonales, etc. Incluso el público blanco caucásico comienza a apreciar este tipo de música, disparándose por tanto su producción y distribución por los canales de mercado y surgiendo artistas tremendamente populares como Fats Waller, Bix Beiderbecke o el más famoso para el público general: Louis Armstrong, figura seminal en la evolución del jazz.

La imagen del jazz comienza a cambiar de forma radical a partir de los años cuarenta y cincuenta. Los arreglos, las interpretaciones y la calidad de las grabaciones se empiezan a volver más refinados gracias al trabajo de artistas como Duke Ellington o Earl Hines.

La creciente aceptación y valoración por parte de la intelectualidad y la comunidad artística europea van perfilando la actual imagen sofisticada del jazz. En paralelo, se inicia un camino que culmina en los años sesenta con la inclusión de elementos conceptuales, y sobre todo de reivindicación en cuanto a su propia negritud y como vehículo de expresión para artistas discriminados en EE.UU. por el color de su piel como Charles Mingus, Thelonious Monk o Max Roach.

La contracultura y la consolidación en la música popular

Es en este proceso de sofisticación y reivindicación en el que resulta vital la aparición de un joven, Armando Anthony Corea (“Chick”), nacido en Massachusetts en 1941 en el seno de una familia de origen italiano. A mediados de la década de los sesenta, el joven Corea comienza a dar sus primeros pasos con grandes nombres del jazz de la época como, por citar solo algunos, Lionel Hampton, Herbie Mann o Stan Getz.

En unos años se hace un nombre en el panorama del nuevo jazz, y logra llamar la atención de Miles Davis, que lo incluye como pianista primero y como teclista después en su famoso e influyente quinteto (la cantera de músicos en general a los que Miles Davis dio visibilidad daría para otro artículo, pero en cuanto a pianistas y teclistas se refiere, además de Chick Corea, en aquella época pasaron por su grupo Joe Zawinul, Herbie Hancock, y Keith Jarret todos ellos convertidos en referentes musicales tras su paso por el grupo de Davis).

El genio estético de Davis y la visión estratégica que tenía del negocio de la música le llevan a darse cuenta de que la música eléctrica con elementos de rock y del incipiente funk es hacia donde debe conducir al quinteto. En la segunda mitad de los sesenta, comienza a introducir instrumentos eléctricos en el grupo, consiguiendo dos cosas: por un lado, disgustar a los críticos de jazz tradicional, y por otro, ir ganando un creciente público entre los jóvenes blancos consumidores de discos.

Este proceso de popularización del jazz tiene un punto de inflexión con la publicación de In a Silent Way en 1969 y, sobre todo, de Bitches Brew en 1970. Ambos discos suponen un gran éxito a todos los niveles y la popularidad de esta formula llega a casi todo el mundo. El jazz conquista así la cultura popular de masas, y genera de paso un nuevo estilo el llamado jazz rock, jazz-fusión o crossover.

El éxito del Jazz Rock y la consolidación de Chick Corea

A principios de los años setenta prácticamente todos los músicos que pasaron por la banda de Miles Davis forman sus propias bandas. No obstante, hay tres agrupaciones que desarrollan su fórmula musical con gran éxito e influencia: la “Mahavishnu Orchestra” (liderada por el guitarrista John Mclaughlin); “Weather Report” (con Joe Zawinul al piano y teclados y Wayne Shorter a los saxos) y “Return to Forever” (liderada por Chick Corea).

Si bien Chick Corea debuta como solista en 1966 con su disco Tones for Joan’s Bones, con gran éxito de crítica, no es hasta estos años en los que se consolida su carrera. Partiendo de un sonido deudor del grupo de Davis, los primeros discos de Chick Corea van asentando su sonido y también le hacen embajador de dos nuevos instrumentos de novedosos sonidos: el sintetizador, y sobre todo del piano eléctrico. De este último se convierte sin duda en el intérprete más famoso de aquella época, convirtiéndose el cálido sonido de este instrumento en seña de identidad del género. La electrificación progresiva de su sonido culmina con el disco Romantic Warrior (1976), que también supone un punto de inflexión a partir del cual Corea comienza a experimentar con otras estéticas.

Si lo anterior ya sería suficiente para situar a Corea en el podio del jazz, durante parte de los setenta y los ochenta graba una serie de discos con el piano, tanto acústico como eléctrico, como protagonista, que lo sitúan como un referente: Piano Improvisations 1 y 2 de 1971 y 1972; Crystal Silence de 1972 (junto al vibrafonista Gary Burton); An evening with Chick Corea y Herbie Hancock y Friends de 1978. No faltan grabaciones con otros formatos de grupo donde caben también las orquestaciones, como el caso de The Leprechaum de 1978 o Lyric Suite for Sextet (de nuevo junto a Gary Burton) de 1982.

El corazón español de Chick Corea

Otro aspecto que aporta valor a la obra de Corea es su gusto por fusionar el jazz con otras músicas. Desde muy pronto declaró su amor hacia la música latina y muy especialmente hacia el flamenco. Ya en 1972, su tema La Fiesta daba buena fe de ello. Bien conocida era su admiración hacia Paco de Lucia, con quien colaboró en varias ocasiones, así como otros músicos cercanos a este estilo como Carles Benavent, Jorge Pardo o Niño Josele. En muchas ocasiones declaró su amor por España y cómo, a su manera, sentía que tenía corazón español, dejando testimonio en uno de sus discos más conocidos y notable como es My Spanish Heart de 1976.

Chick Corea, fallecido este 9 de febrero a los 79 años, ha sido una figura compleja y rica, con un legado e influencia importantísimos en las nuevas generaciones de músicos y en la difusión del jazz, el mestizaje musical y la tecnología musical. Acaso sirva este extracto de su despedida en redes sociales para tener una idea de su visión de la música y el mundo:

“Mi misión siempre ha sido traer la alegría de crear a todos los lugares que pudiera, y haberlo hecho con tantos artistas que admiro; esta ha sido la riqueza de mi vida.”The Conversation

Jorge Marredo Rosa, Profesor asociado en Universidad Internacional de Valencia., Universidad Internacional de Valencia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Joan Margarit y la música del cielo


Joan Margarit (1938 - 20219). Carlos A Schwartz
Juan José Pastor Comín, Universidad de Castilla-La Mancha

En el año 2019 el jurado del Premio Cervantes concedía a Joan Margarit (1938-2021) el mayor reconocimiento en lengua española por “su obra poética de honda trascendencia y lúcido lenguaje innovador”, y por saber representar “la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal de gran maestría”.

Olvidó decir el jurado que entre sus poemas circulaba un lenguaje aún más universal y al que destinó todo el amor transparente de su escritura: la música. Al conocer su partida, proponemos escuchar con Margarit las canciones y armonías que iluminaron sus versos.

Joan Margarit y la música de Jazz

Su primer libro, Cantos para la coral de un hombre solo (1963), ya presentaba a través de la paradoja el carácter reflexivo de sus composiciones. Para el poeta catalán la poesía, como la música, ayudaba a restaurar un orden perdido.

“El lector de poesía "tiene mas que ver […] con el intérprete que con los que se han de limitar a escuchar un concierto”.

(Edad Roja, 1989).

Como escritor siempre estuvo acompañado por los discos de su adolescencia y primera juventud:

“Los saxos de Lester Young, de Ben Webster, de Johny Hodges, de Coleman Hawkins, de Charlie Parker; las voces de Billie Holiday, de Yves Montand, de Edith Piaf, de Léo Ferré, de Jacques Brel, de Georges Brassens. Todos ellos están muertos”.

(Aguafuertes, 1995).

Su poema “Los discos y la muerte” ya unía los cabos de la juventud con el destino final del hombre:

Descubría otra música, más solo ya que nunca.

De pronto están sonando las canciones:

son las voces, que vuelven, de los viejos amigos,

de los amores de mi juventud.

El primer signo de algo irremediable.

Son canciones que escucha la muerte en algún sitio.

(Aguafuertes, 1995)

Edith Piaf, Jacques Brel y Leo Ferré.

Sus composiciones, con frecuencia, parten de su propia experiencia musical cotidiana, a menudo fraguada en los clubes nocturnos de jazz, al que su hijo Carles se ha dedicado de forma profesional. Allí se se suceden las músicas de Cole Porter, las trompetas de Chet Baker y Miles Davis; o el piano de Bud Powell y George Gershwin: “Qué triste suena Gershwin sin poder abrazarte”, (Los motivos del lobo, 1993). Es de hecho el popular tema Summertime de este último el que da nombre a un poema de su libro Misteriosamente feliz (2008), donde nos describe así la vida:

Han pasado muchos años

y, mientras tanto, la vida

ha sido un largo concierto

que ha dejado partituras

y atriles como alambradas,

dispersos, abandonados,

en el lugar del combate.

Entre aquellos compañeros de combate se encuentran sin duda los saxos de John Coltrane y Charlie Parker. Al primero le pregunta:

He recordado tus moradas manos

sobre el saxo con una luz de sótanos.

¿De dónde sale esta música,

el vacío que sopló tu boca

y que habla con mi soledad?

(Edad Roja, 1989).

El segundo, un Charlie Parker heroinómano y genial, protagonizará su poema “Loverman”, escuchado, en una suerte de ensoñación nocturna, por el mismo Baudelaire:

“Por ello, Parker deja en este Loverman

que el saxo nos conduzca tras la sombra

de una mujer que baila con los ojos cerrados

y abrazada a nadie, en la oscuridad”

(Los motivos del lobo, 1993).

Con todos estos grandes músicos el poeta formará su particular quinteto de jazz:

con los húmeros llenos de pinchazos,

sigo siendo el mejor entre los saxos altos.

Se parece a la vida: otra vez

llevo a Art Blakey a la batería

–voz de pozo–, la música callada

y negra de Bud Powell, el maligno

sonido de Miles Davies, tú al bajo.

Formamos el quinteto

más brillante de entre los muertos

(Aguafuertes, 1995)

La música: un consuelo para la ausencia

La música es así para Margarit “un placer maldito” (Los motivos del lobo, 1993), también ligado a la pérdida. Las ausencias de sus poemas estarán colmadas de música y, cuando no sucede así, el silencio mismo adoptará la forma de un objeto musical, tal y como acontece en No te veré más:

“Es la piel violeta de una noche

que dejamos pendiente.

Y tu silencio suena como un saxo

de oro negro en el fondo de los días sin ti. […]

No queda más que, al piano, un negro ciego:

nuestro amor”.

Por esta razón la música será la protagonista de su libro más conmovedor, Joana (2002), escrito en los últimos meses de vida de su hija. En el poema inaugural, su amigo Pere Rovira hace de ella fuente de consuelo para la más dura de las pérdidas:

“Música del amor, que te escondías

en sitios negros, dulces, como rosas del jazz,

enciende el día azul, extiéndete debajo de los pinos

y haz que brillen las flores, los muros y la tierra […]

Música santa, hazle compañía,

tú que vienes del otro mundo al nuestro,

tú que ya sabes cómo es su silencio”

(Joana, 2008).

Margarit dirigirá su oído hacia los compositores clásicos para hallar ese consuelo necesario. Escucharemos así desde Beethoven, imagen sonora de la verdadera poesía que reside en su propia escucha interior –“Hay otra poesía, la habrá siempre, / igual que hay otra música: la de Beethoven sordo. / Cuando se pierde la señal”–, a músicos contemporáneos como Miczyslaw Weinberg, Ligeti o Gubaidúlina, pasando por Tchaikovsky o Shostakovich.

Pero de entre todos ellos destacará la figura de Bach a partir de dos grandes intérpretes sin parangón. El primero de ellos fue Glenn Gould –“para el cual / Bach debió saber que componía” (Estación de Francia, 1999)–, y para quien Margarit compuso el bellísimo poema “Glenn Gould: la despedida”:

Sus manos en el espejo

del Steinway continúan

tocando y él ya no está.

Canturrea todavía

como lechuza en la noche.

Bach ya nunca será igual.

Hoy, en una limousine

con cromados de olvido,

pasa entre los bosques nevados

el ataúd de su música.

Un Steinway en la niebla

hoy suena sin su pianista:

la muerte, en el crematorio,

de pie en el césped negruzco,

de frac y con ojos turbios,

escucha las “Suites inglesas”

(Estación de Francia, 1999)

Y siempre, junto a él y su dolor, el violonchelo de Lluís Claret, a quien dedicará el poema “Lluís Claret: Tres Suites (2-IV-92) (Los motivos del lobo, 1993) desde la admiración de la sombra de Pau Casals. Será la música del cellista andorrano quien pronuncie la última despedida a Joana en el poema "Mañana de domingo con música de Lluís Claret”:

Ha salido Lluís al escenario

con el violoncelo. Le oiremos pronto

tocar el «Aria pastoral» de Bach

para decirte adiós en Montjuïc.

Para saber a dónde vas,

seguiremos el rastro de la música

(Joana, 2002)

Joan Margarit, ¿dónde te encontraremos?

Hoy el poeta descansa junto a su amada hija –“Ser su padre ha significado estar siempre junto a lo más delicado y bondadoso que puede ofrecer la vida”–. Antes de partir nos dijo bien dónde deberíamos buscarlo, al confesarnos dónde iría en su poema “Última noticia”, de Cálculo de estructuras (2006). Hoy Joan Margarit habita esa otra música del cielo:

La puerta cuarteada, vieja y sucia,

que me dispongo a abrir no dará al Paraíso.

Me inclino por la música. La prefiero a la vida.The Conversation

Juan José Pastor Comín, Profesor Titular de Universidad. Área: Música. Investigación: Relaciones entre Música y Literatura, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.