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miércoles, 3 de enero de 2024

Historia del eterno romance entre la música y el cine

Proyección de la película ‘Las aventuras del príncipe Achmed’ con música en vivo de la Camerata Arko´s. Universidad Técnica Particular de Loja/Flickr, CC BY-NC-SA
Ignacio Lasierra Pinto, Universidad San Jorge

La relación entre el cine y la música es tan antigua como la propia historia del séptimo arte. El idilio entre ambos se remonta a 1894, cuando el británico William K.L. Dickson, quien trabajaba para Thomas Edison, rodó la primera película sonora experimental de la historia.

Se trata de un cortometraje de apenas 20 segundos en el que el propio Dickson aparece tocando el violín delante de un fonógrafo. Esta primera película musical, de carácter no narrativo, se realizó para el kinetófono, en un intento por demostrar sincronía entre imagen y sonido.

Ahora que estamos a punto de dejar atrás 2023, es preciso recordar que este año la primera película sonora en español ha celebrado su centenario. Se trata de From far Seville, dirigida por Lee De Forest en 1923.

En este cortometraje documental, la joven actriz y cantante Concha Piquer, con solo 17 años, actúa, canta y baila diferentes piezas musicales. La película se rodó con el phonofilm creado por De Forest y, de nuevo, para mostrar la sincronía sonora, se eligieron varios momentos musicales. Es claro, por tanto, que el noviazgo entre cine y música estaba predestinado desde los albores del propio cine.

La música elegida con una intención

Las reflexiones existentes sobre la música y sus funciones en el cine son numerosas. De hecho, se pueden mencionar hasta una treintena. La música sirve para generar tono, atmósfera, construir personajes, trasladar mensajes, definir tramas, y, sobre todo, para conectar emocionalmente con el espectador.

Ya en la etapa del cine silente se acompañaban las proyecciones con música seleccionada. Lo que empezó como una cuestión pragmática (ocultar el ruido que hacían los proyectores), acabó siendo algo habitual para enriquecer el espectáculo.

Wagner, Chopin, Mozart y Beethoven no solo se usaron como música ornamental. El catálogo del italiano Giuseppe Becce se convirtió en el primer gran documento que recogía la intencionalidad musical de diferentes composiciones clásicas y detallaba las sensaciones concretas que expresaban. Después llegarían las primeras partituras pensadas y destinadas para una película, a cargo de Camille Saint-Saëns y Mihail Ippolitov-Ivanov en 1908.

Desde entonces hasta hoy, la lista de compositores que han contribuido a la evolución del cine resulta inabarcable. Entre los más recordados suelen aparecer nombres como Max Steiner, E. W. Korngold, Miklós Rózsa, Franz Waxman, Maurice Jarre, Bernard Hermann, Henry Mancini, Jerry Goldsmith, John Barry, Nino Rota, Ennio Morricone, James Horner, Vangelis, Ryuichi Sakamoto y los aún en activo John Williams, Howard Shore, Hans Zimmer, Alexander Desplat y Phillip Glass. Una lista interminable de autores sin los cuales no se entiende el medio cinematográfico.

¿Para qué se suele usar la música en el cine?

Por resumir algunas de las funciones que cumple la música en una película, podemos destacar cuatro.

En primer lugar, la más habitual es que cumpla una función dramática. Es decir, que intervenga con la finalidad de proporcionar al espectador un elemento que le permita identificar una emoción. Aquí interviene la asociación del espectador entre música e imágenes, que permite desde crear un leitmotiv hasta remarcar la evolución de los personajes o la trama. A este respecto, merece la pena ver cualquiera de los análisis musicales de Jaime Altozano analizando diferentes partituras de películas.

En segundo lugar, la música puede cumplir una función lírica, contribuyendo a reforzar la imagen y la densidad dramática. Ciertas secuencias se convierten en memorables no tanto por sus imágenes sino por su acompañamiento musical. Poco o nada tiene que ver, por ejemplo, el final de La guerra de las galaxias sin la famosa partitura de John Williams.

Además, la música suele cumplir una función rítmica, que tiene como objetivo establecer una cadencia, una atmósfera, un tono que condiciona la recepción del mensaje del espectador. A día de hoy, ciertos géneros, como el cine de terror, apenas se pueden entender sin un uso musical que vaya en esta dirección.

Por último, la música suele cumplir una función de enlace, sirviendo como elemento homogeneizador. Así, puede unir dos o más acciones, integrar nudos de acción o dar continuidad a diferentes imágenes de espacios y tiempos distintos.

En este aspecto, hay casi un subgénero dentro del propio cine, el de las famosas “secuencias de montaje”: momentos que sirven para condensar largos periodos de tiempo en apenas unos minutos, aderezados con música de fondo. Algunas de estas secuencias, como las de los entrenamientos de Rocky, son tan reconocibles que hasta han trascendido sus propias películas.

Cuando lo revolucionario es la ausencia musical

Una de las críticas que suelen recibir la música de buena parte de las películas actuales es la saturación y la falta de rumbo, ya que muchas contienen más minutos con banda sonora que sin ella. Ante espectadores cada vez más acostumbrados a un fondo musical constante, algunos cineastas han optado por prescindir de la música en sus películas. Esto se manifiesta casi como un acto revolucionario frente a la corriente dominante.

El manifiesto Dogma 95 firmado por varios cineastas daneses ya reparaba en esta cuestión. Siguiendo su segunda máxima, cineastas europeos como Michael Haneke, Thomas Vinterberg, los hermanos Dardenne y Nuri Bilge Ceylan, entre otros, han hecho películas sin banda sonora o canciones.

Esto contrasta con el otro extremo de la balanza, el cine musical. Por tanto, más allá de ser una cuestión estética o narrativa, podríamos decir, referenciando a la famosa frase de Jean Luc Godard, que el uso de la música en una película se trata, casi, de una cuestión moral.The Conversation

Ignacio Lasierra Pinto, Profesor de Comunicación Audiovisual, Universidad San Jorge

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

sábado, 13 de agosto de 2022

Beyoncé ha revolucionado el álbum visual, ¿qué hará con ‘Renaissance’?

Fotograma del vídeo de la canción ‘Formation’, del álbum ‘Lemonade’, de Beyoncé. Beyoncé
Ana María Sedeño Valdellós, Universidad de Málaga

La digitalización y las redes sociales han favorecido un contexto de narcisismo social en el que las prácticas culturales deben ser intercambiables y canalizables por múltiples medios. Algunos artistas musicales aprovechan estas posibilidades de generación de ventanas de promoción y se construyen un estilo audiovisual coherente, homogéneo, y a la vez modificable según las condiciones particulares de la industria. Michael Jackson, David Bowie y Madonna emplearon creativamente el videoclip musical en sus carreras y experimentaron con él su presencia pública mediada.

Beyoncé, que ha entendido las consecuencias de este nuevo contexto y cómo afectan a la experiencia cultural del usuario, acaba de lanzar su nuevo disco Renaissance. Aunque en cada proyecto la artista experimenta con nuevos factores y formatos derivados del videoclip musical y el streaming en redes sociales, este último álbum no tiene por ahora un apoyo visual similar a sus anteriores trabajos.

Beyoncé en imagen

Su especialidad es el llamado álbum visual, un “producto audiovisual que tiene una relación directa con la música de un álbum del mismo artista”.

Este tipo de álbum se ha puesto de moda como proyecto transmedia y triunfa entre algunos artistas que aspiran a alcanzar una audiencia global y apelar al activismo social. El formato desarrolla una propuesta de representación visual autoexpresiva, una especie de texto estrella que permite a los artistas fabricarse identidades y roles a través de leitmotivs o motivos visuales recurrentes provenientes de anécdotas personales y ficticias.

Después de Dangerous in Love, B'day y I Am… Sasha Fierce, su álbum Beyoncé (2013) presentaba un formato innovador en la historia de la música, aunque era heredero de los álbumes conceptuales de los años setenta. Sus canciones iban acompañadas de vídeos musicales lanzados simultáneamente, al contrario que la habitual liberación de singles espaciados en el tiempo.

En un fotograma en blanco y negro, Beyoncé baila en medio de un grupo de gente.
Fotograma del videoclip de la canción Flawless, incluida en Beyoncé, que incorpora la voz en off de Chimamanda Ngozi Adichie. Beyoncé

Lemonade (2016) demostró una estrategia más redonda. Se lanzó en Tidal, compañía propiedad de Jay-Z, su esposo, y vino acompañado de su intervención en la Superbowl de 2016.

Estructurado en torno a una historia por episodios, describía estados emocionales con la voluntad de conformar un autorretrato que profundizaba en temáticas feministas, ya abordadas en su anterior trabajo. Cada videoclip parece recoger una parte de la personalidad de la artista, sin obviar una protesta tras el paso del huracán Katrina por Nueva Orleans.

La poesía de Warsan Shire en voz en off fluía entre episodios, donde se mezclaban una narrativa personal (su obsesión por el éxito, el adulterio de su marido y la reconciliación) y un discurso reivindicativo.

El disco nos dejó algunas imágenes icónicas de la artista, como la que aparece encima del coche en un paisaje inundado y lleno de desolación en “Formation”.

Beyoncé se sienta sobre el techo de un coche de policía cubierto de agua en un pueblo inundado.
Fotograma de Formation, single del álbum Lemonadeç. Beyoncé

La plena comprensión de Beyoncé del ecosistema cultural la condujo en 2020, justo tras la pandemia, a la colaboración con Disney+, la plataforma de creación y distribución de contenido que se disputa con Netflix y Amazon la hegemonía en los servicios de televisión bajo demanda.

Fruto de este entendimiento surgió The Gift, banda sonora de El Rey León (2019), y Black is King (atención a su sonido al pronunciarse, cercano a black skin, “piel negra”), en el que la artista continúa con sus propuestas audiovisuales a modo de álbum visual.

Este proyecto abraza dos imaginarios, hibridados aquí a la perfección, y compacta dos modelos de creación de sentido: un mundo fílmico con un relato claro en torno a una especie de mesías salvador del pueblo negro, y otro modelo, el de los videoclips, más conceptual, de leve narrativa, cargado de posibilidades en cuanto a motivos visuales, donde explora el uso del color, los símbolos bíblicos y referencias a la maternidad y la diáspora africana. Todo construye un relato holístico y sanador de la comunidad afroamericana.

Además, el uso de motivos permite la creación de contenido visual con referencias intertextuales y citas entre vídeos como en el caso de “Apeshit” y “Mood 4 Eva”.

Dos fotogramas de dos vídeos diferentes del álbum _Black Is King_ con Beyoncé y Jay Z de pie delante de un cuadro.
Escenas de los vídeos de ‘Apeshit’ y ‘Mood 4 Eva’ que se autorreferencian. Disney +

El cuerpo como lienzo

En Black is King y en Lemonade se producen varios patrones visuales vinculados a la presentación escultórica del cuerpo, individual o en configuraciones colectivas: funcionan como terreno coreográfico o como tableaux vivants, donde la puesta en escena, la posición de los cuerpos y el estilismo en peluquería, maquillaje y vestuario recuerdan a las portadas de revistas de moda. Los vestidos que luce en sus clips y presentaciones públicas sirven como material promocional en redes sociales, especialmente en Instagram.

Vídeo de Hold Up, canción de Lemonade.

Beyoncé ha sido extensamente criticada por la continua cosificación del cuerpo de la mujer negra y la reafirmación de estereotipos. Por el contrario, ha demostrado un apego a rodearse de mujeres exitosas en sus vídeos, amigas íntimas o famosas globales. Sus mensajes a la unidad de las mujeres y de los afroamericanos pueblan sus letras: un discurso amplificado por esos vídeos que, con sus referencias, motivos y coreografías han conquistado a público y crítica.

El cuerpo de Beyoncé se encarna en imagen en cada propuesta de trabajo, en cada vídeo, lanzado en solitario o en conjunto como álbum visual. La cantante construye su propia visualidad performativa, que sirve tanto para sus conciertos y apariciones televisivas como para ser distribuida en todos los formatos de redes sociales. Es una manera de ser ubicua, extender su presencia en todas direcciones mediáticas y convertirse en una artista total.

El Teaser de Renaissance

En Renaissance, la presentación visual únicamente la compone la portada del disco, donde de nuevo el cuerpo de la artista muestra su rotundidad de amazona. Se ha lanzado hasta ahora un único vídeo, a modo de teaser, y en YouTube aparecen lyric videos (piezas que muestran la letra de una canción mientras esta se está reproduciendo), o sencillas composiciones donde se dividen los temas en actos y episodios.

Quizás Queen Bey vuelve a los principios de la industria de la música popular, cuando lo sonoro dominaba la comunicación con los oyentes. Pero la artista ha prometido nuevos vídeos. Los esperamos.The Conversation

Ana María Sedeño Valdellós, Profesora Titular en el Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad, Universidad de Málaga

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.