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domingo, 27 de junio de 2021

¿Cuáles son los beneficios cerebrales de tocar un instrumento?

Tima Miroshnichenko / Pexels
Rafael Román Caballero, Universidad de Granada

Decía Nietzsche que «sin música, la vida sería un error». Aunque esta afirmación sea un tanto radical, la música forma parte de muchas de las actividades de nuestro día a día. La encontramos en la radio, ayudando a amenizar los atascos, en los anuncios y tiendas, para estimular las emociones (y las ventas), o en nuestros conciertos en la ducha.

La música es un fenómeno universal. Casi todas las personas (el 95%) sienten que es algo realmente placentero. Y los datos de plataformas de streaming como Spotify revelan que pasamos de media más de una hora al día con nuestros auriculares.

Pero esta pasión de los humanos por la música no es nueva. Los primeros instrumentos musicales encontrados datan del Paleolítico (40 000–30 000 años atrás). Eran flautas rudimentarias hechas en huesos de animales (que seguramente aprovecharían tras la cena). Y es probable que la música estuviera ya presente muchos milenios antes utilizando el canto o la percusión sobre el cuerpo.

Flauta paleolítica. Wikimedia Commons, CC BY

Desde entonces, todas las civilizaciones han cantado y danzado para celebrar la vida, llorar la muerte o arrullar a sus bebés. No es ningún despropósito afirmar que, al igual que somos un animal racional y lingüístico, también somos un animal musical.

La música como gimnasio de la mente

Aunque todos disfrutamos de la música, solo uno de cada diez españoles toca un instrumento. Esto es comprensible por la gran cantidad de esfuerzo y años que lleva dominar la técnica de uno de ellos. Requiere aprender un lenguaje y un sistema de escritura nuevos, coordinar con precisión un repertorio desconocido de movimientos de las manos, sincronizarse con otras personas, etc.

Y cuando al fin se domina una pieza, siempre aparecen otras obras y técnicas que aprender. De hecho, a la pregunta de por qué seguía practicando el chelo a los 90 años, el virtuoso Pau Casals respondió «porque siento que estoy mejorando».

Por tanto, aprender a tocar un instrumento es un entrenamiento intensivo que conlleva cambios profundos en el cerebro y las capacidades mentales. Algo similar sucede en profesiones que dependen de una habilidad específica, como son los taxistas. Los estudios con esta profesión muestran que una de las áreas del cerebro más implicadas en la navegación espacial y la memoria (conocida como el hipocampo) está más desarrollada en conductores expertos.

La huella cerebral de la música es todavía más amplia. Cuando se compara el cerebro de músicos experimentados con personas que nunca han tocado un instrumento, muchas regiones del cerebro de los músicos tienen un mayor volumen y grosor. También los músicos muestran cerebros mejor conectados.

Algo interesante es que estas adaptaciones ocurren tanto en partes del cerebro que tienen una función clara en habilidades musicales (por ejemplo, la audición o la destreza de las manos) como con habilidades más generales. Por eso, los estudios con miles y miles de músicos encuentran que tocar un instrumento mejora capacidades mentales tan generales como la memoria o la atención. También potencia el rendimiento académico y las habilidades lingüísticas y matemáticas de los niños.

Cottonbro / Pexels.

¿La música como causa o consecuencia?

Sin embargo, los niños de familias con mayor estatus socioeconómico suelen elegir más la música. Algo que parece lógico viendo el precio de un chelo o de un piano (si no se imagina cuánto pueden costar, puede ver a lo que me refiero con un vistazo rápido en el navegador).

También es una actividad que los niños con mejores expedientes y mayores capacidades cognitivas escogen más. Por tanto, una limitación de los estudios que comparan a los músicos con no músicos es que no permiten distinguir si las ventajas que observan son una consecuencia de tocar un instrumento. ¿Y si las diferencias cognitivas ya existían antes de empezar a tocar? O ¿y si proceder de un ambiente más favorable es la causa real de las mejoras?

Una buena forma de resolver este dilema de «¿qué fue primero, el huevo o la gallina?» es investigando el efecto de la música cuando se eligen niños al azar, con independencia de sus características. Cuando se hace esto, de nuevo la música produce beneficios mentales claros.

Es más, las mejoras son especialmente grandes en los niños que provienen de ambientes desfavorecidos o con un menor desarrollo cognitivo. Por un lado, estos niños son los que con menor probabilidad acabarían aprendiendo a tocar. Sin embargo, si lo hacen, la música tiene un «poder igualador» en ellos. Parece que es capaz de amortiguar, en parte, el impacto de una vida más desfavorecida.

Mens sana in cerebro sano

Más allá de la infancia, hoy sabemos que nuestros hábitos condicionan la forma en la que envejecemos. Fumar, el abuso de alcohol, el sedentarismo, la obesidad o un estrés psicológico continuo son factores que aceleran el envejecimiento de nuestro cuerpo.

Tocar un instrumento, al contrario, reduce el riesgo de padecer una demencia o un deterioro cognitivo en la vejez. Al igual que conserva el cerebro unos cuantos años más joven y evita que muchas de nuestras capacidades mentales se vean afectadas por la edad. Así, los músicos mayores, con décadas de práctica instrumental, muestran una pérdida menor de memoria o velocidad mental, entre otras habilidades.

Pero no hace falta una vida enteramente musical para experimentar estos beneficios. Las personas mayores que comienzan a tocar tarde, en la vejez, también tienen un menor declive. Con estos datos, parece que no existen excusas. Nunca es tarde para comenzar con una vida mental activa.

Las personas se adentran en la música porque con ella disfrutan, se enamoran o se sienten parte de una comunidad. Sin embargo, implicarse en ella podría tener el efecto (no buscado) de potenciar nuestras capacidades cognitivas y protegerlas del paso del tiempo. Sin pretenderlo, la música transforma dos de las cosas que más nos fascinan del ser humano: nuestro cerebro y nuestra mente.

Pexels.

Este artículo resultó ganador de la primera edición del certamen de divulgación joven organizado por la Fundación Lilly y The Conversation España.The Conversation


Rafael Román Caballero, Investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada / Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento, Universidad de Granada

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

lunes, 14 de junio de 2021

¿La música mejora nuestra concentración? La ciencia busca la respuesta

Shutterstock / SAHACHATZ
José Ramón Alonso Peña, Universidad de Salamanca y Marta Bueno, The Conversation

“Con clásica, con lo último de Rosalía o en clave chill out, pero se me queda mejor todo”. Podemos coincidir con esta afirmación o, por el contrario, pertenecer al grupo de los que necesitan silencio absoluto durante la lectura y el estudio. A muchos les molesta la voz del cantante, pero mejoran su concentración con piezas instrumentales. Otras personas disfrutan de un texto si lo acompañan con un fondo de ópera. Tenemos, por tanto, una gran variedad de preferencias y de resultados. Quizá la ciencia tenga algo que decir: ¿mejora nuestras capacidades cognitivas la música?

Si la evidencia científica diera una respuesta afirmativa a esta pregunta muchos padres saldrían derrotados de la batalla diaria con sus hijos adolescentes. La escena se repite cada tarde en miles de hogares: el hijo hace las tareas de clase con la música a todo volumen. El motivo del enfado, además de las molestias ajenas y propias, es el firme convencimiento de que en esas condiciones acústicas es imposible que se entere de lo que lee.

Bien, pues parece que la ciencia no confirma los prejuicios de los padres.

Intuitivamente, la duda paterna tiene sentido: resulta contradictorio que podamos concentrarnos al cien por cien en una tarea si la compartimos con otra al mismo tiempo. Es decir, si prestamos atención a una de ellas –en este caso escuchar música– la otra –leer, asimilar, resolver– quedará desatendida. Sin embargo, en este caso el esforzado adolescente puede justificar su conducta, aunque tendrá que argumentar muy bien su respuesta.

Por ejemplo, está demostrado que no son útiles los ritmos repetitivos, ya que resultan muy aburridos y el cerebro no encuentra la chispa novedosa que le hace estar alerta. Tampoco funcionan bien los ritmos muy complejos y caóticos, como los del free jazz, porque no hay un patrón definido y el cerebro no se calma. Según algunos expertos, la clave está en encontrar el punto medio. Este aparece en ritmos similares al funk como los de James Brown.

Un estudio llevado a cabo por el grupo del profesor Morten Kringelbach revela que nuestras redes neuronales tienen mayor preferencia por este estilo musical porque no es ni muy predecible ni muy caótico.

Sabemos que escuchar música produce una serie de emociones que causan reacciones fisiológicas y modifican nuestro estado de ánimo. Estas sensaciones placenteras nos predisponen a la acción, también a la cognición. Nuestra música favorita no solo nos proporciona felicidad, sino que mejora la concentración, nuestro rendimiento laboral y, en ocasiones, el intelectual. Así lo demostró la investigadora Teresa Lesiuk, tras estudiar el efecto de la música en los trabajadores de una pequeña empresa. Estos terminaban sus tareas más rápido y generaban ideas más originales que los que trabajaban en silencio. Si estamos contentos, somos más creativos.

La música tiene otra ventaja. En el momento en el que nos ponemos los auriculares, nos protegemos del resto de distracciones. El mecanismo es sencillo: nuestro cerebro tiene dos sistemas de atención: uno consciente, que nosotros controlamos, y uno inconsciente, llamado red neuronal por defecto, que actúa por su cuenta. Este sistema inconsciente no se cierra mientras llevamos a cabo una tarea, así que hasta el ruido más ligero puede acabar con nuestra concentración: del tic-tac de un reloj al zumbido de la nevera. La música calma la actividad de esta red por defecto y minimiza la actividad entre áreas del cerebro responsables de un estado de alerta permanente que nos ha ayudado a sobrevivir como especie.

Depende, todo depende

En su estudio, Lesiuk hacía hincapié en la importancia de la elección personal del tipo de música para mejorar la concentración. Si la opción es el silencio, una autoevaluación sin engaños del éxito o fracaso de la música como herramienta de apoyo ayudará a decidir si seguir utilizándola o no. No hay una estrategia clara; los estudios sobre los efectos de la música de fondo durante el aprendizaje no son concluyentes.

Las variables a tener en cuenta en estas investigaciones son muchas y los experimentos con tantos factores son complicados. Las circunstancias y los gustos musicales son esenciales para obtener resultados, pero son muy diferentes en cada persona. Incluso para la misma tarea la música de fondo puede facilitar, perjudicar o no tener ningún efecto en el aprendizaje de contenidos nuevos.

Las variables que desempeñan un papel importante en estos experimentos incluyen las diferencias individuales (carácter, entrenamiento musical, preferencias musicales, hábitos de estudio). También influye el tipo de tarea cognitiva (resolución de problemas, comprensión lectora, memorización) y el contexto (en el aula o en la habitación, solo o en compañía).

La elección de la música es otro factor a tener en cuenta. Conviene conocer la sensación placentera que provoca la música en el estudiante por sí misma, cuando se escucha sin otra tarea simultánea. El tempo de la música es importante, igual que la intensidad o el ritmo. Hay que valorar la influencia de la voz que canta, la ausencia de ésta, si son melodías conocidas o nuevas para el que escucha. Como vemos, las condiciones de la prueba y las interacciones entre ellas son muchas y complican la búsqueda de un modelo con una conclusión general y directa.

Con todo, los resultados únicamente confirman la inconsistencia de los estudios. Un último ejemplo ilustrativo proviene de un estudio que midió la comprensión de lectura y la memoria para listas de palabras en diversas condiciones: mientras se escuchaba un canto a capella, con canto y música instrumental a la vez, solo música instrumental, con una voz que no canta sino que habla y, por último, en silencio absoluto. Aunque se podría esperar que las condiciones con el canto o el habla fueran las más desfavorables, no fue así; la prueba de comprensión lectora tuvo los mismos resultados que cuando los participantes leyeron en las otras condiciones ambientales.

Tenemos entonces a nuestro adolescente preparando sus exámenes con la música “a todo trapo” y vemos que no hay evidencias científicas para apoyar la solicitud de silencio por parte de los padres, al menos alegando que no le beneficia. De cualquier modo, unos auriculares y unos buenos resultados en sus calificaciones servirán para aliviar los dolores de cabeza paternos.


Este artículo ha sido escrito en colaboración con la profesora de instituto y experta en educación y neurociencias Marta Bueno.


Una versión de este artículo fue originalmente publicada en el blog del autor, NeurocienciaThe Conversation


José Ramón Alonso Peña, Catedrático de Biología celular. Neurobiólogo., Universidad de Salamanca y Marta Bueno, Investigadora independiente, The Conversation

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

domingo, 14 de marzo de 2021

La música amansa el confinamiento


Un hombre toca la trompeta desde la ventana de su casa en Alicante durante el confinamiento. Axel Alvarez / Shutterstock
Salvador Martínez Pérez, Universidad Miguel Hernández

Mirando a través de las ventanas, hay que reconocer que todos nos encontramos cada día un poco más perdidos por la falta de libertad y de interacción social. La información minuto a minuto sobre la epidemia del coronavirus, repetida en cada emisora de radio, medio online y canal de televisión, no ayudan mucho. Incluso parecen hacer más lento el paso del tiempo.

Nos ayudan bastante a sobrellevarlo las propuestas de conciertos y festivales que generosamente proponen los artistas a través de las redes sociales. Ellos nos sincronizan con su música en directo, y nos alejan un rato de las ruedas de prensa y tertulias infinitas.

Además, cada día, a las 20:00 en punto, un ritual tribal llena el espacio de aplausos. Es la manifestación diaria de que somos sociedad y aún capaces de hacer algo juntos, un respiro para el instinto social. Entre esos aplausos suenan canciones llenas de mensaje y emoción, como acompañamiento musical de la danza de las manos y de los deseos. Después, el rito y toda esa “música” cesa y volvemos al confinamiento.

La neurociencia respalda la idea de que, en el confinamiento, la música es un buen aliado. Por las razones que se exponen a continuación.

Dopamina y placer

¿Por qué la música nos resulta tan gratificante? En primer lugar, por su estructura. Las características de cada uno de los elementos que componen una obra musical han sido fruto de la evolución biológica y, por lo tanto, seleccionados entre otros muchos sonidos accesibles en el ambiente. Los sonidos sin información selectiva quedaron categorizados como “ruidos”. En cambio, nos quedamos con los sonidos que transmitían información. Esto es, la música y el lenguaje.

Todo apunta a que el cerebro ha primado los sonidos que se asocian a conductas adaptativas. Un claro ejemplo son las llamadas animales al apareamiento, con composiciones a veces muy complejas formadas por repeticiones ordenadas en forma de melodías. Estos sonidos ancestrales se fueron incorporando al desarrollo de las áreas cerebrales encargadas de procesar e interpretar estímulos sonoros, que han permitido al ser humano generar las complejas estructuras del lenguaje y la música. Fonaciones que se reforzaron asociándolas a la activación de circuitos implicados en sensaciones placenteras.

A nivel químico todo eso se traduce en un incremento de la dopamina (neurotransmisor de la recompensa) en los centros cerebrales del placer, similar al que provocan la mayoría de las sustancias adictivas, la comida o el sexo. Valorie Salimpoor y Robert Zatorre, del Instituto Neurológico de Montreal (Canadá), han demostrado con imagen funcional del cerebro que escuchar música activa los centros de recompensa del cerebro anterior, sobre todo el núcleo acumbens (NAc). Incluso antes de que empiece a sonar.

De hecho, una buena canción nos pone los vellos de punta, puede hacernos sentir escalofríos, acelera el corazón y provoca otros cambios fisiológicos propios de la excitación emocional. Dice Zatorre que la suya es la primera investigación que demuestra que una recompensa abstracta como la música provoca la liberación masiva de dopamina. Un neurotransmisor que, dicho sea de paso, juega un papel fundamental a la hora de establecer y perpetuar comportamientos que son biológicamente necesarios.

Estructuras cerebrales de la música. Author provided

En suma, si cuando suena la música se ponen en marcha los circuitos cerebrales que van asociados al placer, aumenta el bienestar y crece la la confianza psicológica, obtenemos una felicidad momentánea muy valiosa en la actual situación de confinamiento.

Válvula de escape y control del estrés

El instinto social está muy presente en la especie humana. No en vano nuestro calendario viene marcado por fiestas con rituales multitudinarios en los que la música forma parte esencial (bandas de música, repicar de tambores, etc). La situación de confinamiento nos genera mucho estrés por no poder desarrollar ese instinto de forma plena y, sobretodo, por la incertidumbre de cuándo podremos volver a “la normalidad”.

El estrés es un mecanismo de defensa que nos prepara para afrontar una amenaza, hipotética o real. De regularlo se ocupan el hipotálamo (en el cerebro), la hipófisis (en la base del cráneo) y la glándula suprarenal (sobre los riñones). Ante un peligro, la amígdala cerebral y la corteza prefrontal ponen sobre aviso al hipotalamo para que se ponga a la defensiva.

Eso implica activar el tono simpático de alerta (incremento de la frecuencia cardiaca y respiratoria, y del tono muscular), pero también los procesos metabólicos destinados a producir energía, que es de lo que se encarga el cortisol, la hormona del estrés, secretada por las suprarrenales, que mantiene esta alerta fisiológica todo el tiempo que sea preciso. Si se perpetúa demasiado tiempo y/o no es proporcional a la amenaza, el estrés se convierte en un problema de salud en sí mismo.

Pues bien, volviendo a la música, se ha demostrado que a ritmo lento tiene la capacidad de reducir todos los parámetros asociados al estrés, sobretodo cuando los sujetos analizados son los que escogen las melodías que escuchan. Esto puede ser debido a que la música relajante contiene tonos que evolutivamente han sido asociados a ruidos producidos en circunstancias relajantes, mientras que las músicas trepidantes o épicas se asocian a problemas o amenazas.

Por si fuera poco, al escuchar una melodía se generan estados emocionales que reemplazan temporalmente a los sentimientos provocados por el momento presente. Y eso convierte a la música en una excelente válvula de escape del presente incierto y frustrante.

La percepción cambia

Otra propiedad asombrosa de la música es que tiene la capacidad de cambiar cómo percibimos el mundo que nos rodea. De demostrarlo se encargaron hace unos años Jacob Jolij y sus colegas de la Universidad de Groningen (Holanda). Según pudieron averiguar, una canción alegre tiene un efecto tan potente sobre la sesera que nos hace “ver” caras sonrientes donde no las hay. Y lo mismo se puede decir de las canciones tristes.

En otras palabras, escuchar música no solo cambia lo que sentimos, sino también lo que vemos. Las notas musicales tiñen de colores el cristal con que se mira.

Anticipando ritmos

El cuarto factor que hace que la música “nos mueva por dentro” es, precisamente, que la música evoca movimiento. Al escucharla se activa el sistema motor que reconoce los ritmos y se siente impulsado a realizarlos, es libre para moverse. Entonces, en cierto modo, salimos del confinamiento.

El cerebro es una máquina que funciona generando ritmos de actividad cerebral en sus neuronas y circuitos. Quizás por eso también busca la estructura rítmica en el entorno, los patrones de las cosas. Cuando los identifica obtiene una sensación muy placentera. Se debe a que, al reconocerlos, puede hacer predicciones de las canciones y emocionarse cuando “acierta” en sus vaticinios o sorprenderse cuando lo que suena resuelta inesperado.

A estas alturas, no cabe duda de que la música es un dopaje de lo más recomendable para el cerebro y para amansar los males del confinamiento.The Conversation

Salvador Martínez Pérez, Profesor de Anatomía y Embriología Humana. Director del Instituto Neurociencias (UMH-CSIC), Universidad Miguel Hernández

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.